Shhhh

–  ¿Pero te vas a bañar desnuda?

–  ¡Pues claro! Si no hay nadie. – dijo Sara deslizando el bañador hacia abajo.

Me quedé sentado en la arena viendo como de una patada lanzaba el bañador y sin mirar ni donde caía iba corriendo al agua.

Nos conocíamos desde hacía casi diez años y nunca dejaba de sorprenderme. Nos habíamos caído bien desde el primer momento. Llegó a la oficina con su sonrisa tímida y se sentó a mi lado, al principio hablaba poco, pero en menos de un año éramos uña y carne. Nunca me hubiera imaginado que una mujer llegara a ser mi mejor amiga, pero así era.

La vi salir del agua medio a trompicones empujada por una ola, el sol del atardecer se reflejaba en su cuerpo desnudo, parecía suave y las tetas, redondas y firmes se iban moviendo al compás de sus pasos, tenía los pezones duros, de un tono marrón oscuro, ni grandes ni pequeños, perfectos para metértelos en la boca y chuparlos despacio… pero ¿qué me pasaba? Jamás la había mirado de esa forma, pero ahí estaba, con una enorme erección.

Aproveché que se había tumbado en la orilla para meterme al agua. Pasé corriendo a su lado tapando la erección como pude pero luego me costó un buen rato poder salir de agua. La veía tumbada boca arriba, desnuda sobre la arena mojada y la erección retomaba fuerza.

Cuando por fin se vistió y me llamó haciendo grandes aspavientos con los brazos me decidí a salir.

La vuelta a casa fue mejor de lo que me esperaba, Sara parloteaba acerca del trabajo, del imbécil de nuestro jefe, la semana, no sé… la verdad es que no la escuchaba, pero oir el canturreo de su voz me relajaba.

Sin embargo, al llegar a casa la imagen de su cuerpo desnudo saliendo del agua llegó conmigo y me masturbé violentamente.

Estaba convencido de que había sido un calentón sin sentido, pero agradecí que fuera viernes y que no hubiéramos quedado ese fin de semana.

El lunes, como de costumbre, llegué a la oficina antes que ella. Incluso antes de que se sentara a mi lado su perfume empolvado me envolvió, esta vez lo encontré más cálido que otras veces. Me dejó el café en mi mesa, se sentó y encendió el equipo. Con su sonrisa habitual me dio los buenos días, le devolví la sonrisa y me quedé mirándola. Se retiró el pelo de la cara, metió un mechón de pelo detrás de su oreja, sopló su café antes de darle un pequeño sorbo para después pasar la lengua por el labio superior lamiendo los restos de espuma del café.

Un pequeño hormigueo recorrió la parte baja de mi vientre con el comienzo de una erección. Maldije en silencio mientras me volvía a mirar la pantalla de mi ordenador.

–   Pedro, ¿estás bien? – me preguntó colocando su mano sobre mi antebrazo. Esa mano suave y caliente.

–   Bueno, regular. Tengo la tripa revuelta, me he pasado el fin de semana metido en el baño.

–   Pues igual el café no te sienta bien. Ya me lo tomo yo.

–   No, no. Necesito despertarme. – Contesté. Y me volví de nuevo con el firme propósito de concentrarme en el trabajo y bajar esa maldita erección.

El resto de semana fue pasando despacio, se convirtió en una tortura tenerla al lado, de repente se me antojaba comerle esos labios suaves, gruesos, carnosos, con esa lengua juguetona que asomaba de vez en cuando incitándome. Deseaba sentir el calor de su cuerpo con el mío. Todos los días la desnudaba despacio en mi cabeza, lamia sus pechos y devoraba con hambre su sexo. Todos los días me masturbaba nada más llegar a casa pensando en ella… una, dos y hasta tres veces.

Las semanas pasaban y ella seguía provocándome, con esa actitud despreocupada con la que acercaba su silla a la mía para señalar la pantalla del ordenador, o se pegaba a mí en el ascensor cuando subía lleno o palmeaba mi pierna para avisarme de algo.

Y yo cada vez la deseaba con más urgencia.

Como todos los años, llegó diciembre y quedamos para ir juntos a la cena de empresa. La recogería en casa porque no le gustaba llegar sola.

Cuando toqué el timbre, sin preguntar, me abrió la puerta.

–   ¡Qué pronto llegas! Acabo de salir de la ducha, todavía tengo que vestirme y maquillarme. Tómate una cerveza mientras esperas. – Dijo alejándose por el pasillo.

Oí cerrar la puerta de la habitación, me quedé de pie mirando hacia allí. La erección llegó fuerte, con furia, incontrolable. Poco a poco fui recorriendo el pasillo, agarré el pomo y lo giré, cuando se abrió la puerta y la vi de espaldas con las bragas puestas y abrochándose el sujetador, gemí de placer.

Se volvió sorprendida, me pareció ver terror en sus ojos.

–   ¿Qué haces, Pedro? Sal de aquí, por favor. – dijo con voz firme.

Dudé un segundo, sin embargo, me acerqué y la envolví entre mis brazos. La sentí temblar mientras lloraba y decía:

–   No, Pedro, no. Por favor, no.

Pero yo ya no escuchaba, no podía parar, solo pensaba en penetrarla, una y otra vez hasta correrme dentro.

Y eso fue lo que hice.

La empujé encima de la cama, le arranqué las bragas, me coloqué en medio de sus piernas y la envestí con fuerza, casi me corro en ese momento, pero seguí, una y otra vez. Ella no paraba de llorar y repetía “No, Pedro, no” una y otra vez.

Así que le tapé la boca, arrimé mi boca a su oído y susurré:

–   Ya está, Sara. Ya está. – y me corrí dentro.


Nota: Relato incluido en el libro ‘La vida de mis vidas y otras historias



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