Primeros pasos

Antes de empezar a contarte mi vida, deja que me presente:

Nací de cabeza y vivo a la pata coja
Estudié lo que no quise

Una vez ve perdí, pero me encontré dos veces.
Si me ves aquí y alla, salúdame porque soy bizca y miro para adentro.

Leo bocabajo y escribo sobre un flotador.

Un día planté un árbol y en años bisiestos recojo melones.

El día en que dejé de ser rubia

Sí, yo era rubia, chata y pati-ancha.

No recuerdo nada de mi infancia, debe ser normal o es lo que quiero pensar, porque me han contado, entre otras historias, que aprendí a correr antes que a andar y que me tenían forradas todas las esquinas de la casa con plástico de burbujas por la cantidad de golpes que me daba al son de “Esta hija se nos mata” que entonaba mi madre a cada coscorrón.

Lo que sí recuerdo es el día en que dejé de ser rubia.

Tendría unos once o doce años, estaba jugando al ‘pilla-pilla’ con un amigo de la infancia y mientras me cogía por los brazos con fuerza para que no escapara, se quedó mirando a través de los botones de mi blusa blanca de los domingos y me dijo “Te he visto las tetas”.

De un tirón conseguí soltarme y ahuequé mi blusa para mirar dentro.

El concepto de tetas que yo tenía, era lo que había visto a mi madre y ahí, tetas, tetas… no había.

Sin embargo, la lógica, yo siempre he sido una persona muy lógica, me dijo que, al igual que yo estaba creciendo, las tetas también tendrían que crecer.

Todavía tardaron unos años, pero fue ahí, en ese momento, cuando se me juntaron las piernas, me cambió el pelo y me creció la nariz.

 
Ejercio realizado en el taller de escritura de Literatura, vida y ficción

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