Con la solemnidad del traspaso del anillo de poder de la Tierra Media, la mañana de Reyes, mi hermana me entregó la llave del cofre.

Mi hermano lo colocó encima de la mesita del comedor. Era pequeño, de madera oscura y ajada, con unos remaches de bronce envejecidos por los años y una ranura del tamaño de una moneda de cincuenta pesetas.

―No se llena nunca. —dijo mientras yo lo examinaba y él se frotaba las manos.

Ese día toda la familia colaboró con una moneda. Días después llegó mi cumpleaños y el cofre volvió a tintinear contento.

― ¿Lo abro ya? ―pregunté después de varios domingos en los que el cofre se tragaba parte de mis chuches.

―Todavía tiene poco, ¿no ves que apenas pesa? ―consideró mi hermano sopesándolo.

Seguí echando monedas, algún billete también caía, sin embargo, el cofre parecía tener siempre el mismo peso.

Poco a poco, fui perdiendo el interés y se convirtió en un adorno que solo usaba cuando alguien me decía:

―Toma, para la hucha.

En una de esas veces, al echar la moneda sonó como si cayera sobre el fondo de madera. Alarmada corrí a contárselo a mis hermanos. Mi hermana se encogió de hombros, mi hermano de dio un par de meneos.

―Estaban todas las monedas en un lado. ―sentenció.

Aunque mi hermano era muy listo, esa explicación no me convenció mucho y empecé a mirar el cofre con recelo.

Seguía metiendo monedas, pero escuchaba con atención el ruido al caer, lo movía, lo sopesaba, estudiaba con detalle los remaches y los clavos que sujetaban las bisagras.

Un día, cansada de escuchar a mi hermano decir «no lo abras, todavía hay poco», pero con un hormigueo en el pecho que me apremiaba a ver lo que había dentro, cogí la llave, la introduje en el candado, la giré y cedió con un clac silencioso.

Levanté la tapa bajo la atenta mirada de mi hermana. Mi hermano blanqueó los ojos. Dentro solo había una pequeña fila de monedas que tapaba con dificultad el fondo de madera.

― ¿Ves? ¡No se llena! ―exclamó mi hermana con los ojos como platos.

― ¿Y los billetes?

―No tienes que echar billetes junto a las monedas, con el roce se rompen y desaparecen. ―explicó mi hermano satisfecho con los brazos en jarras. Ante mi cara de estar oliendo a podrido, añadió. ―Toma ―sacó un billete del cajón de la mesilla, ese que siempre tenía dinero y me lo ofreció. ―Mételo y en unos días miras.

Todas las noches, antes de ir a dormir, abría el cofre y comprobaba que el billete seguía ahí y que no estaba roto. No tardó mucho en desaparecer.

Ese día, sin decir nada a nadie, cogí las monedas que quedaban y las mentí en el cajón de la mesilla, junto con la llave del cofre que nadie más usó.

Ya de adultos, mi hermano confesó el secreto del cofre.


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