Ruta 66
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Primera parte – Rosa

Me gustaba llevar bajada la capota del viejo Cadillac para sentir como el viento enredaba mi pelo y me susurraba al oído. A Luis le gustaba conducir mientras el paisaje se escurría a nuestro paso.

De vez en cuando miraba sus manos que agarraban con fuerza el volante. El anillo en su mano derecha, con el brillo intacto, emitía pequeños destellos. Entonces, no podía evitar mirar mi anillo a juego.

Cuando rebasamos el cartel anunciando la próxima gasolinera, el indicador del depósito estaba más abajo de la mitad. Accionamos el intermitente y giramos a la derecha.  Aquella gasolinera no era distinta al resto, bastante descuidada, eso sí, había un par de máquinas de refrescos en la entrada que ni si quiera estaban conectadas y una pequeña tienda donde vendían agua, cerveza y tabaco. Detrás estaba la casa, a juego con la gasolinera. En las paredes se veía la pintura desgastada y raída, la puerta de entrada tenía desconchones y los cristales eran de un tono opaco por la capa de polvo acumulado. Justo enfrente del porche había un columpio roto y oxidado.

Paramos al lado del surtidor y nos bajamos del coche. Había aparcada una gran ranchera azul marino y medio apoyados en ella, estaban dos hombres hablando. Uno rondaría los cuarenta, alto, corpulento, con los ojos azules y el pelo rubio y graso que se le pegaba a la frente. El otro más joven no llegaría a los treinta, menudo, ojos también azules y el pelo castaño lo llevaba recogido en una coleta que se le veía por debajo del sombrero.

Los dos vestían de forma similar, con lo que ya nos empezaba a parecer el uniforme de la ruta 66; pantalón largo, botas altas, camisa de manga larga arremangada hasta los codos y sombrero.

El mayor debió ver cómo les mirábamos de arriba abajo porque nos dijo mientras se acercaba y cogía la manguera:

—  Por aquí todos llevamos botas, por las serpientes ¿saben? Las hay a montones y en cuanto te descuidas ¡zas! se te tiran al tobillo. Si no fuera por éstas yo ya no estaría aquí, son venenosas las muy hijas de puta, con un solo mordisco te pueden mandar al otro barrio. Con esas sandalias vais muy mal por éste terreno.

—  Estamos de paso. – contesté con una sonrisa.

—  Aún así, tened cuidado por donde andáis.

—  Si, tened cuidado, y no solo por las serpientes. – dijo el joven alzando la voz desde la ranchera. Y comenzó a reír con unas carcajadas entrecortadas hasta que el mayor le miró con desaprobación.

Chasqueó la lengua contra el paladar  y dijo:

—  Por ésta zona pasan muchos delincuentes, estamos entre dos estados y los que cometen un crimen en un estado, se cambian de estado. Ha habido algún que otro robo últimamente.  ¿Lleno verdad?

—  Si, gracias. – contestó Luis – ¿Cuánto queda para Amarillo?

—  Unas trescientas millas, con el depósito lleno llegáis de sobra, pero no hay más gasolineras hasta llegar allí. Os puedo llenar una garrafa por si acaso. Éste cacharro tiene pinta de chupar de lo lindo.

—  Por aquí todos llevamos. – volvió a alzar la voz el joven palmeando las dos garrafas que él llevaba en la trasera de la ranchera.

—  Llene una garrafa también, por favor.

—  Vamos, os cobro dentro. – dejó la manguera en el surtidor y se dirigió hacia la tienda limpiándose las manos con un pañuelo que volvió aguardar en el bolsillo de atrás del pantalón.

—  ¿Dónde están los lavabos? – pregunté una vez dentro.

El gasolinero se limitó a señalar con la cabeza a una de las esquinas donde, una vez mis ojos se acostumbraron a la oscuridad del interior, vi que se abría un pasillo.

Busqué la luz dentro del lavabo casi a ciegas, con el olor ácido y caliente de orines sin limpiar impregnándo y quemando el interior de la nariz. Cuando encontré el interruptor y lo pulsé fue peor, las baldosas que en origen serían blancas y ahora tenían un color entre amarillo y marrón, amenazaban con caerse, el retrete tenía pinta de no haberse limpiado en décadas. Una de las esquinas la habían utilizado de almacén y estaban apiladas cajas de cerveza y cartones de tabaco.

Mientras aguantaba el equilibrio para no tocar el retrete una sombra cruzó rápido por el suelo, me llevé la mano a la boca para contener un grito mientras veía a una enorme cucaracha colarse por debajo de la puerta.

Me lavé las manos a toda prisa y me las sequé restregándolas contra las perneras del pantalón. Corrí el pestillo con una arcada contenida.  Giré la manilla y empuje la puerta pero no se abrió, volví a intentarlo, una, dos, tres veces, cada vez con más fuerza. Por fin cedió y al abrirse me encontré con la cara colorada del chico más joven, con una sonrisa de medio lado y los ojos brillantes. Abrió la boca para decirme algo pero le rebasé y salí corriendo a la calle.

— A veces se atranca. – dijo para sí.

— ¿Estás bien, Ana? – me preguntó Luis ya en la calle con el entrecejo arrugado.

— Si, vámonos, anda.

En la tienda, los dos hombres se miraron mientras nuestro coche se alejaba. El mayor interrogó con la mirada al otro, que asintió con una sonrisa vacía.

…. segunda parte

 

Nota: Relato incluido en el libro ‘La vida de mis vidas y otras historias

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