Ruta 66 – Amarillo

Pic by @anisamakhoul
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Segunda parte – Amarillo

— ¡Pero qué pinta tenían esos dos! Recién sacados de una película de terror… y el lavabo ¡qué asco, Luis! Creo que no había usado uno tan sucio en mi vida.

— No seas tan pija, Ana, en peores plazas hemos toreado. Pero esos dos. ¡Buff!… Ahí si te doy la razón. – Y asintió con ese gesto tan suyo.

Le miré dos segundos y comencé a reír, Luis me miró de reojo y me acompañó con unas sonoras carcajadas.

Encendí la radio, me recosté en el amplio asiento del Cadillac y me dediqué a observar cómo el desierto tejano corría silencioso a mi lado.

Después de tres largas horas, el monótono desierto dio paso a las primeras casas de Amarillo. Nuestro motel estaba a las afueras, tenía una piscina y todas las habitaciones se asomaban al pasillo rodeándola. Teníamos reservadas dos noches, queríamos descansar y hacer la colada. Nos asignaron la habitación 213, supongo que sería igual de fea e impersonal que el resto.

Estábamos deshaciendo las maletas en busca de ropa sucia cuando sonó el móvil de Luis. Al tercer tono, como no dejaba de sonar, levanté la vista apremiándole para que contestara, pero él seguía sin contestar y me miraba con los ojos muy abiertos y la boca apretada. Me acerqué y miré el móvil que seguía sonando.

Ana llamando” ponía en la pantalla y por si había lugar a dudas, mi número aparecía justo debajo.

Busqué a toda prisa dentro de mi bolso, lo vacié encima de la cama, pero el móvil no estaba.

— No, joder, no. Luis contesta. He perdido el móvil.

— ¿Sí? – contestó Luis accionando el altavoz.

— Le llamo de la gasolinera, he encontrado este móvil en el suelo del lavabo. No sé a quién estoy llamando, he marcado el último número que aparecía en el registro de llamadas. Solo quería decirle que lo tengo aquí y que se lo guardaré por si quieren venir a recogerlo.

— Mmmmm… – Luis me miraba mientras yo negaba con la cabeza.

— De acuerdo. – dijo al fin. – Pero nos pasaremos mañana por la mañana, ¿le parece bien?

—Sí, sí. Cuando les venga mejor. Aquí les espero.

Fulminé a Luis con una fugaz mirada, metí toda la ropa sucia en una bolsa y me marché sin decir una palabra.

Vino detrás. Cuando me alcanzó, me agarró por la cintura y me besó.

— No quiero volver a ese sitio, Luis. Que le den por saco al móvil, ya compraremos otro.

— Mañana madrugamos, a primera hora vamos para allí, recogemos el móvil y nos volvemos. A la hora de comer estaremos otra vez aquí. Es mejor no darle vueltas, hay que ir, Ana. Tienes ahí todas las fotos de la boda y las del viaje.

Suspiré. Luis tenía razón.

A las seis de la mañana la alarma del despertador me sobresaltó. Nos dimos una ducha, compramos un café y unos donuts y nos los comimos en el coche. El viaje se me hizo corto pero unas nubes, que se iban volviendo más negras según nos acercábamos, me alimentaban un mal presagio.

Cuando llegamos y Luis paró el coche al lado del surtidor le miré a los ojos, no me hizo falta decirle nada.

— Espérame aquí, recojo el móvil y nos vamos. No tardo, verás.

Respiré resignada y un “ten cuidado” se me perdió en la garganta. Lo vi alejarse, empujar la puerta y desaparecer dentro de la tienda.  La tormenta que nos había acompañado desde Amarillo se dejó oír acompañada por el graznido de un cuervo. “Tranquilízate” me dije.

No podía apartar la mirada de la puerta rogando que se abriera cuanto antes, saliera Luis y nos marcháramos de una vez.

Un nuevo graznido del cuervo me sobresaltó y pocos minutos después, un tercero me confirmó que algo no iba bien, Luis tardaba demasiado.

Cogí su móvil de la guantera y llamé al mío. “Apagado o fuera de cobertura”. Maldije en voz alta. Dejé de nuevo el móvil en la guantera, cogí las llaves del coche y me dirigí a la tienda.

Empujé la puerta y por el rabillo del ojo vi a la izquierda la ranchera azul oscuro del tipo del otro día, entré con paso inseguro mientras la puerta, silenciosa, se cerraba a mi espalda. No había nadie. Cuando los ojos se acostumbraron a la oscuridad del interior miré alrededor y luego al suelo. Un goteo, cada vez más abundante, se dirigía hacia el baño. Pisé una gota y al extenderla, el líquido viscoso se encendió con un tono bermellón.

Me llevé las manos a la boca al sentir el sabor amargo de la bilis en la garganta. Avancé con pasos temblorosos. A cada paso me preguntaba si continuar o salir a pedir ayuda. Oí un murmullo apagado que llegaba desde el lavabo. Di otro paso más. La puerta estaba abierta. Otro paso, otro más. Me asomé.

Todavía hoy, noche tras noche vuelvo a ese lugar y grito, grito todo lo que no pude gritar en ese momento.

Luis estaba tumbado en el suelo sobre un charco oscuro y viscoso, que iba aumentando despacio, las manos empapadas por ese mismo líquido rojizo se sujetaban el estómago. Tenía una mueca de dolor en su cara y cuando sus ojos se encontraron con los míos, entre lágrimas me dijo:

— Lo siento.

Los otros dos hombres estaban afanosos retirando las cajas que había en la esquina para dejar libre una puerta que había justo detrás.

— ¡Mira! la liebre ha venido solita a la madriguera. – Dijo el mayor volviéndose.

— Déjeme, jefe. Yo me encargo.

Antes incluso de poder darme la vuelta para echar a correr sentí un dolor intenso que me recorrió la cabeza y una mancha negra cubrió mis ojos.

…. última parte  aquí

Nota: Relato incluido en el libro ‘La vida de mis vidas y otras historias