Ruta 66 – Azul

Pic by @ranndomized
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Ruta 66 – Parte Final

Cuando desperté estaba encima de una cama, la habitación estaba iluminada por la escasa luz que se colaba por la ventana y por una bombilla que colgaba del cable. Las paredes eran de un verde descolorido, con polvo y desconchones. Había una puerta entreabierta justo enfrente de la cama y a mi derecha había otra puerta con una cerradura.

Me seguía doliendo la cabeza, me pasé la mano por el pelo. Lo tenía cubierto por un líquido ya reseco, me miré un mechón. Rojeaba. También tenía un dolor intenso en la parte baja del vientre, miré hacia abajo, no llevaba ni pantalón ni bragas.

Me levanté despacio, todavía mareada y me dirigí hacia la puerta entreabierta. Era un baño donde solo había un retrete, ni lavabo, ni ducha, ni ningún tipo de cajón y olía a humedad y a orines. Cogí papel y me limpié la entrepierna. Fui a trompicones hasta la otra puerta y la empujé, pero estaba cerrada. Me tropecé y caí en la cama, creo que me volví a desmayar porque no recuerdo nada más.

El sonido de la cerradura al abrirse me despertó, abrí los ojos todavía aturdida y reconocí la cara del hombre más joven. Me miraba sin pestañear, la boca abierta y una sonrisa de medio lado.

– Segunda ronda, señorita. En la primera estabas muy calladita, ¿Eh? Como la otra de aquí al lado. Esa ya ni grita ni ná. – decía mientras se desabrochaba el pantalón y se lo bajaba. – Pero el jefe ya no me deja, está a punto de parir ¿Sabe? Y la otra que teníamos, bueno… se complicó el parto. Pero la criatura vivió, eso es lo que importa, si… menudo dineral nos dan por esos cachorros. Y a ti te voy a preñar enseguida, tenemos lista de espera, no se imagina…. Así que venga… vente pa’quí…

Yo me había hecho un ovillo y estaba pegada a la pared, lo más lejos de él que podía, pero se subió encima de la cama y con un rápido movimiento, me agarró una pierna, estiró y me arrastró.  Con la pierna que todavía tenía libre comencé a dar patadas, al menos una le alcanzó en el estómago, pero enseguida me la agarró, volvió a tirar de mí para colocarse entre mis piernas y comenzó a penetrarme violentamente. Yo gritaba, manoteaba y le arañaba, pero sin ningún resultado.

– Sí señor, así da gusto, una gatita salvaje. Al principio todas son así, luego se van suavizando, ya verás como dentro de unos meses no gritas tanto, ¿eh? – y seguía empujando, con la lengua fuera y empapado en sudor. – Eso es, así, nena, así.

Dio un par de fuertes envestidas más y con un sonoro gemido se corrió dentro. Se vistió sin ni siquiera mirarme y se marchó cerrando la puerta con llave.

Me quedé tumbada en la cama, con calambres en la tripa y una horrible quemazón. Después de unos minutos le levanté para vomitar y vi que, al lado de la puerta, había dejado una bandeja con comida y una botella de agua. Cogí la botella y me eché el agua en la entrepierna mientras frotaba con fuerza.

Debajo de la cama estaba mi ropa, me puse las bragas, los vaqueros y las sandalias y me metí vestida a la cama. Estuve toda la noche en vela, temblando y esperando a que esa puerta se volviese a abrir.

La habitación comenzó a iluminarse. La luz del amanecer que se filtraba por la ventana iba templando la habitación a la vez que mis nervios. Los ojos se me cerraban.

Sonó la cerradura, no era consciente de haberme dormido, pero ahora la habitación estaba completamente iluminada y hacía mucho calor. El corazón empezó a latir rápido y muy fuerte, aun así, no moví ni un músculo y mantuve los ojos cerrados haciéndome la dormida. No tenía ningún plan, pero esta vez no se lo iba a poner fácil. De repente, un grito largo y agudo se oyó muy cerca.

– Corre, ven aquí. Esta se ha puesto de parto. – reconocí la voz del hombre más mayor que venía del mismo sitio de donde había venido el grito.

Luego oí un golpe seco de una bandeja metálica al dejarla de golpe en el suelo y el ‘clac’ de la puerta al cerrarse. Seguí escuchando, pero no sonó el ruido de la llave girando el bombín.

Por fin reaccioné. Me levanté sin hacer ruido, abrí la puerta con cuidado, miré a ambos lados del pasillo, a la derecha había una escalera, pegué el cuerpo a la pared y me dirigí hacia allí. Rebasé dos puertas cerradas. Mientras avanzaba, oía a los dos hombres cada vez más cerca.  La última puerta estaba abierta. Me asomé con cuidado, estaban de espaldas. La mujer tumbada en la cama con las piernas abiertas me vio y comenzó a gritar, no tengo claro si fingía, pero captó la atención de los dos hombres y pude pasar.

Una vez abajo, crucé el salón hacia la puerta principal. Estaba cerrada, pero en la cómoda de al lado había un bol lleno de llaves. Las fui probando una a una mientras oía a la mujer gritar, cada vez más fuerte y más seguido. Se veía ya el fondo del bol cuando reconocí la llave de nuestro Cadillac, la guardé en el bolsillo y seguí probando con el resto de llaves. Las piernas comenzaban a flaquearme y un nudo en la garganta me ahogaba.

Hubo un silencio intenso, seco, pesado, que se rompió con el llanto de un bebé. Cerré los ojos con fuerza y probé la última llave. Tampoco era. Miré alrededor con los ojos llenos de lágrimas. Vi una ventana entre abierta, pero tenía barrotes por fuera, justo en medio había una maceta con unas flores rojas. ¿Flores en esta casa? Metí la mano entre las hojas y rebusqué en la tierra.

Ahí estaba.

La puerta crujió y se abrió con un chillido oxidado. Salí sin pensar, una vez fuera vi el Cadillac que habían cambiado de sitio y estaba más cerca de la casa, escondido detrás de la ranchera azul.

Cuando llegaron los dos hombres a la puerta abierta vieron alejarse el Cadillac dejando una nube de polvo.

– Voy jefe.

El mayor lo sujetó por el brazo y negó con la cabeza.

Una vez llegué a Amarillo fui directa a una comisaría de policía, puse la denuncia por la desaparición de Luis y relaté lo ocurrido. Tomaron nota y, tras anotar mi dirección y mi teléfono, me dijeron que me fuera a casa.

Al día siguiente por la noche me llamaron. Dijeron que en la casa que les describí no había nadie, que tenía pinta de no estar habitada y que la gasolinera llevaba décadas cerrada.

Confirmaron que seguiría abierta la orden de búsqueda por la desaparición de Luis y me avisarían si tenían noticias.

No volví a saber nada más en meses, hasta que una mañana de abril recibí una llamada extraoficial.  Una policía con voz neutra me dijo que habían cerrado el caso, que nadie buscaba a Luis. No se podía dar por muerto oficialmente, pero me dijo lo podía hacer yo. Me recomendó que celebrara un funeral. Dijo que ese tipo de ceremonias ayuda a cerrar heridas y a mirar hacia delante.

– Si, mirar hacia delante. – fue lo único que conseguí decir.

Tras colgar la llamada me pregunté si el que Luis estuviese muerto en lugar de desaparecido cambiaría algo las cosas.

Acaricié el abultado vientre de casi nueve meses de embarazo, cerré los ojos y, como cada vez, sentí la punzada de la duda devorándome por dentro.

“¿De quién es el hijo que ha crecido en mis entrañas?»

“Cuando nazca lo sabré” Era siempre mi respuesta.

Nota: Relato incluido en el libro ‘La vida de mis vidas y otras historias