Refugiados
Pic by Joe Duran

Desde el día que nació no había sido capaz de dormir ni una sola noche de un tirón. Si no eran las bombas eran los gritos, si no, los llantos o el ruido de algún edificio desmoronándose. También estaba el frio y el hambre, y luego estaba el silencio, que era lo peor de todo, porque ese silencio se llenaba de miedo, un miedo oscuro y denso que no dejaba ni respirar.

Por eso, el día que sus padres decidieron abandonar la ciudad no le importó, sabía que el sitio donde había nacido y había vivido los escasos siete años que tenía no era su hogar, ese sitio solo podía ser el infierno.

El viaje fue largo, muy largo y duro, muy duro y durante todo el viaje les acompañó el frio, el hambre y el miedo, ese miedo que no podía quitárselo ni de noche ni de día, porque ya  formaba parte de él, como sus tripas, sus pulmones o su corazón. Se preguntaba por qué tenía miedo si estaba seguro de que no podía haber nada peor que aquello, incluso había veces que añoraba su propia muerte en sueños, pensando que ahí, por fin, encontraría la paz y dejaría de tener miedo.

Cuando llegaron al campo de refugiados no había edificios, solo unas casas de tela y había gente por todos los sitios, y niños, muchos niños que corrían de aquí para allá, hablando, gritando, saltando. Allí no había silencio.

Nota: Relato incluido en el libro ‘La vida de mis vidas y otras historias

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