Clac

Cuando cerraron la puerta y oyeron el ruido sordo y suave del pestillo encajando en su sitio supieron lo que vendría después.

Lo sabían desde que habían acordado quedar tras varias conversaciones de wasap, intercambio de fotos, mensajes de voz y alguna que otra llamada telefónica. No se conocían pero se tenían ganas, esas ganas que se notan con un hormigueo en la entrepierna.

Cuando estuvieron uno frente al otro ese hormigueo entró en ebullición y el calor les secó la garganta. Primero reaccionó ella, sonriendo le besó con torpeza en la mejilla. Luego reaccionó él, saludando con una frase hecha.

Se sentaron en la mesa del bar. Estaban nerviosos y no sabían cómo hablarse sin el móvil de por medio, sin embargo las ganas también estaban ahí, empujándoles.

Mientras hablaban no dejaban de mirarse a los ojos, a la boca, buscaban la lengua del otro con la mirada y se seguían las manos. Ella, de vez en cuando, se acariciaba el cuello o los labios, él sujetaba con fuerza su copa.

La primera ronda la pagó ella, la segunda, él. Cuando terminaron caminaron hacia el hotel. Es para lo que habían quedado. Desde que se levantaron de aquella mesa hasta que se cerró la puerta con su suave “clac” permanecieron en silencio, con un ansia callada, la respiración entrecortada y las ganas intactas.

A ella le gustaba hablar:

  • ¿Cómo va esto ahora? – preguntó

Él prefería el silencio.

  • Yo te enseño. – contestó.

Se acercó, pegó sus caderas a las de ella, le agarró la nuca, metió los dedos entre su pelo, acercó su boca y respiró a la vez que ella, aspirando su aliento y sintiendo el calor y la suavidad de sus labios.

Ella sintió su pene duro contra la pelvis, su mano firme en la nuca, sus dedos casi tirándole del pelo y su boca, pegada a la suya. Contuvo sus ganas para no besarle y esperó.

Él la dejó con las ganas. Tiró un poco de su pelo para que ella subiese la cabeza y le besó el lóbulo de la oreja, el cuello, uno, dos, tres, sus besos fueron bajando hasta el escote.

Volvió a su boca y entonces ella se retiró dejándole a él con ganas. Se acercó despacio para morderle con suavidad el labio superior y con la lengua fue recorriendo sus labios, primero por fuera, luego por dentro, para terminar dentro su boca, donde él la recibió con sed.

Entonces se besaron. Se besaron hasta quedar sin aliento.

Querían ir despacio para disfrutar cada momento, para alargarlo, porque habían acordado que para terminar con esas ganas que les abrasaban por dentro, se verían sólo una vez, sólo esa vez. Sin embargo, esas ganas, esas mismas malditas ganas les arrastraban a quitarse la ropa atropelladamente y a seguir sin descanso.

Ella gemía con los ojos cerrados para sentirlo dentro, él empujaba entre jadeos con los ojos abiertos para asegurarse de que era real.

Las ganas les movían, les empujaban y les hicieron correrse violentamente antes de lo que les hubiera gustado.

Ella se vistió enseguida y se marchó. Al salir volvió a oír el “clac” de la puerta al cerrarse y entonces sintió de nuevo ganas. Cerró los ojos sin poder alejarse de la puerta.

Él, que se había dormido, despertó con ese “clac”.

La puerta volvió a abrirse y un brazo la rodeó por la cintura haciéndola entrar de nuevo.

  • Todavía no hemos terminado. – dijo él.

“Clac”,  hizo la puerta.

Nota: Relato incluido en el libro ‘La vida de mis vidas y otras historias

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