El año que nos pasó de largo

Después de un año difícil y unas navidades extrañamente tristes y solitarias, fue entrando el nuevo año con paso descompuesto y a trompicones.
Llegó enero cargado de nieve, silencio y dudas.
A finales de mes, felicité a mi madre en su cumpleaños por video llamada. El mío sería en una semana y comentamos que tampoco podríamos celebrarlo. El fin de semana que había entre su cumpleaños y el mío, no aguanté más, cogí el coche y me subí al pueblo para verlos.
“¿Qué haces aquí, hija mía?” fue el saludo de mi madre, mientras mi padre me miraba con ojos brillantes. “Quería veros” fue mi respuesta.
Nos miramos a los ojos, conteniendo un abrazo.
Al cabo de unos segundos, mi madre se dio la vuelta despacio, rebuscó en uno de los armarios de la cocina, ahora ya demasiado altos para ella y cogió un paquete de chocolate a la taza y unos bizcochos. “Toma, para que desayunes el día de tu cumpleaños” dijo. Desee que la mascarilla tapara mis ojos que querían llenarse de lágrimas en lugar de tapar mi sonrisa.
No estuve mucho más en casa.
Una vez que me monté en el coche, ya sola, no pude contener más las lágrimas. No paré hasta pasada una hora larga.
Había demasiadas celebraciones suspendidas, demasiados abrazos contenidos y demasiados besos perdidos por los que llorar.



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